

Culture shock,
Algunos de mis amigo yankees se están subiendo por las paredes. "¡¡¡Tenemos un paper y examen el viernes, en siete días!!!". Me los quedo mirando, perplejo, al verlos subirse por las paredes. ¨Oh my God, oh my God, we don't have time, I am going to fail, oh my God¨. Flipado, les dejo y me voy a leer el blog de mi amigo David, el cineasta y futuro Pedro Almodóvar, -tal y como le comentamos a Juan Carlos (¿Te acuerdas David?)-. Encuentro el siguiente pasaje con el que me siento bien identificado:
"Empiezo a echar de menos los tiempos muertos, mientras la obsesión por aprovechar hasta el último segundo de mi vida empieza a devorarme. Los remordimientos de culpa me alcanzan hasta escribiendo este fotolog y siento que voy a estallar. Salimos del cine de la facultad y siento que la creciente oscuridad invita a una cerveza en algún bar perdido. Pero miro a mi alrededor y veo a mis compañeros correr hacia sus coches para llegar cuanto antes a casa y escribir un análisis, reescribir su último guión, preparar la presentación de una nueva idea, responder e-mails de productores, dibujar el plano de la localización" (http://www.fotolog.com/loquenosqueda).
Decidido. Me tomaré el día libre tras enviarle un mail a David diciéndole que ya toca llamarme, y me iré a dar un paseo por Central Park. El parque está precioso, los colores están cambiando y los pintores van locos por capturar esos primeros dorados. Los pintores de Central Park vienen en todos los colores. Desde las abuelitas retiradas, pasando por ricachones de la quinta avenida a jóvenes promesas que te intentan convencer que sus cuadros valen mil dólares ya que "the colours flow". ¿Mande? Yo es que no lo veo, tendré que llamar a Juan, el pintor de "La Caixa" para que me explique eso de los colores. Tras una hora deambulando acabo llegando al Metropolitan y me provoca una de esos momentos "gasping in awe" a lo Paco Fernández de Soria que todos los españolitos, por muchas tablas que creamos tener, sentimos de vez en cuando al pasear por la big apple.
En el metropolitan hay visitas guidas cada media hora. El museo es tan grande que si uno se pasase un minuto delante de cada pieza expuesta, estaría más de 5 años en patearlo todo, nos comenta nuestro guía, uno de los más de mil voluntarios, la mayoría jubilados con ganas de compartir su "knowledge".
Justo al salir me llama una amiga, inglesa, prototipo posh de "public school" y con un maravilloso acento británico que te deja hechizado: "I reckon we could meet up for coffee". Tras afirmar dicho reckoneamiento me propone que quedemos en el boathouse del parque; parece ser que la chica se conoce la ciudad. Nos sentamos con vistas al lago y los rascacielos de fondo. Ni cortos ni perezosos, pedimos dos martinis "a los fruits rouges", especialidad de la casa, mientras aprovecho para explicarle que no consigo entender ni el porqué de las cuatrocientas páginas que tenemos que leer cada semana, ni las colas de las discotecas donde uno sólo entra si al portero le gustan tus zapatos o tu amiga, ni, sobretodo, el "Oh my God". Me escucha y pide otro martini. Podría ser española. Es una gran conocedora del estudiar último minuto y de la famosa quiniela que muchos nos hemos acostumbrado a hacer en España, la noche antes del examan. Es decir, el tema que nos tendremos que dejar por falta de tiempo mientras cruzamos los dedos esperando que no salga.
El sistema americano no funciona así. Aquí hay que estudiar desde el primer día y mucho. Luego toca ir a clase, ir a clases de discusiones y finalmente quedar con un grupito de amigos para discutir las clases. ¡Papá, estarías orgulloso! ¡Por fin, con casi 30 años, tu hijo se pone a estudiar como un cabrón! Lo celebramos con otro martini.
Al salir del boathouse, medio dando tumbos, me llama Bernat. Bernat es todo un personaje. Conocedor de los mejores garitos nocturnos, corresponsal de la SER, crítico de ópera, filósofo ex-becario de la Caixa y músico no deja de sorprenderme con sus deliciosos y pérfidos análisis de la sociedad americana. "Fill meu, que anem a la òpera". Pues anem, anem. Una hora más tarde estoy en la platea del Metropolitan Opera House, escuchando "La Gioconda". Su análisis, tomando un brooklyn lager, en el garito de enfrente del Met, es una buena manera de acabar el día sabiendo que mañana empieza el calvario de los exámenes, por suerte, esta vez sin quiniela...